16 de diciembre de 2017

Tormenta

Hablan de «la calma antes de la tormenta»- ¿A qué calma se refieren, exactamente? Previo a la tormenta no existe ninguna calma. El cielo se oscurece y una brisa comienza a succionar y exhalar el aire del ambiente, anunciando remolinos venideros. Un poco a lo lejos, ya se distinguen los relámpagos. Iluminan el horizonte con un tenue color anaranjado. A la par del calor —que ha desaparecido de la calle—, el cielo pareciera haberse chupado también los sonidos de los autos y la gente, llevándoselos hasta las nubes y escupiéndolos todos juntos como truenos cada vez más salvajes.

La ausencia del ventarrón subsecuente y de la lluvia no implica calma. Antes bien es un purgatorio, el limbo inexacto dónde vivimos con el preaviso de una desgracia inminente, pero que no se sabe bien cuándo ni cómo va a llegar. ¿Hay «calma» en la antesala de la tormenta? ¿Hay paz ante el evidente descalabro?

Los animales comienzan a inquietarse. Se despiertan de una larga siesta, miran hacia arriba y ya saben lo que está por pasar. Los adultos corren a sacar la ropa tendida, y ya piensan en regresar a sus hogares estén donde estén. Todo lo que estaba sucediendo se ve interrumpido por la advertencia de la tormenta.

¿Qué nos dice de la ansiedad esta supuesta «calma»?
La metáfora no es «la paz» antes de la tormenta: es «la ansiedad desatada e incontrolable antes de que lo peor suceda».

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