Su labor tiene algo de mágico: implica, como hacía el rey Midas, volver oro todo lo que toca. Salvo que en lugar de volver oro las cosas, la transformación que opera es hacer que la mierda no huela mal. Todas las herramientas le son válidas. Desde torcer la verdad hasta mentir, no habría nada que no considerase hacer.
Como la supervivencia de dicho funcionario está supeditada a un convulso humor popular (pero todavía inofensivo), agravado aún más por la escasa efectividad de éste al momento de cumplir su labor y la violencia con que acepta desempeñarla al dar rienda suelta a las fuerzas de seguridad bajo su mando —al borde de avalar el uso desmedido del arsenal policíaco—, el contacto con la mierda, es decir, con el caudal de informaciones y situaciones adversas, es intenso. Este río de bosta crítica es cada vez menos caudaloso de parte del periodismo y los medios de comunicación masiva, pero más a través de la participación ciudadana en las redes sociales. Justamente ahí es donde Midas agita sus manos y prestidigita las excusas, falacias y demás argumentos áureos.
Agarro el teléfono y miro su foto en Telegram. Hay una bebé. Supongo que es su hija. De inmediato imagino que ha de tener una mujer en su vida, la madre de la criatura. ¿Cómo será su vida? Imagino contándole a ella su día, lo mismo que hago yo. ¿Le contará con detalles lo que hace? ¿Le contará que hoy ha mentido, que ha promovido historias falsas para hacer que la mierda no huela? A veces pienso que no cuenta los pormenores de su trabajo a la mujer porque anticipa el disgusto de ella; otras veces pienso que sí lo hace, y la mujer lo toma como una tarea más: quizá este Midas de pacotilla no carezca de ética y haga esto porque ambiciona cosas mayores, mejores, sanas, pero bueno: «este es por ahora el camino». En el peor de los casos, la mujer avala su función: es noble para ella hacer que la mierda carezca de olor, está defendiendo a un íntegro funcionario del gobierno, y si es necesario para ello tapar que está bien el uso desmedido de la fuerza, mi amor, que así sea, defendelo, decí lo que haga falta que a estos negros de mierda hay que ponerlos en caja.
Supongo después que viven en una burbuja con otros que piensan igual. Otros a quienes podrá contarles que su trabajo es alterar la percepción de la realidad sensible sin el menor resquemor, y aún más, que sus interlocutores aceptarán como válido y necesario su trabajo, al borde de un aplauso aprobador que la mujer vería con lágrimas en los ojos.
¿Qué clase de valores le transmitirá a esa criatura? Quizá un extraño concepto del deber y la lealtad hacia los superiores. A lo mejor, una versión purificada de lo que antaño llamamos acá la obediencia debida. Entre las dos versiones hay una diferencia abismal: en el primer caso, la actitud es activa, pero en el segundo llega pasivamente, casi como la única respuesta posible a una acusación. Y será así que su hija ahora adolescente ha leído en la escuela acerca del gobierno argentino en el tiempo en que su padre trabajó; a él le parece por el tenor de sus cuestionamientos que en lugar del manual de educación cívica ha estado hojeando el Libro Rojo de Mao. La hija rompería el hechizo, tocaría a su padre, y lo volvería mierda.
En un mundo ideal —el peor mundo posible—, personajes como él y sus protegidos evolucionarían hasta volverse desclasados sociales, parias por asociación con el delito de traición popular. Sin importar su formación, serían desplazados al último escalafón social donde sólo les darían los peores trabajos; serían condenados a vivir en el otro extremo, en la periferia de la ciudad, imponiéndoles horarios imposibles; los mirarían siempre de reojo aquellos a quienes engañaron una y otra vez.
Pero no estamos en el mundo ideal —el peor mundo posible— sino en éste, donde nadie les priva del amor, del respeto, de la secreta admiración. Entonces vuelvo a ver la foto, y pienso: «quizá no sea su hija: debe ser su sobrina. Sí: es su sobrina».
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